Crónica / Esta vez no podía quedarme sin hacer nada

El anciano de casi ochenta años, acostado sobre cartones frente al Banco Bicentenario, esperaba su turno para cobrar la ínfima pensión que le asigna el Gobierno, el peso de los años ya no le permiten estar en pie por lo que llevaba tres días en esa posición junto a su esposa

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Tres días en espera de cobrar la pensión

El día anterior a esta gráfica un episodio similar, quizás más triste, me sacó del letargo de otro problema personal que me envolvía. Un niño de escasos ocho años, de rodillas frente a un restaurante observaba a una pareja comer, la frente pegada contra el vidrio lo hacía permanecer inerte ante los alimentos. Los de adentro lo ignoraban por completo. Confieso que el episodio -en pleno centro de Valera- para mí duró escasos segundos. Con amargo dolor quité la vista porque sabía que en ese momento no tenía posibilidad de ayudarlo. Pero la imagen del pequeño me siguió acompañando y en la noche algunas lágrimas salieron por remordimiento y vergüenza de no haber hecho algo más.

Hoy un nuevo episodio de esos que ya se han vuelto parte de la caótica cotidianidad venezolana, como si de una novela orwelliana se tratara, logró sacarme una vez más de mi propia crisis existencial, esta vez se trataba de un anciano de casi ochenta años, acostado sobre cartones frente al Banco Bicentenario, en espera de su turno para cobrar la ínfima pensión que le asigna el Gobierno, el peso de los años ya no le permiten estar en pie por lo que llevaba tres días en esa posición fuera del lugar, junto a su esposa.

¡Dios! Esta vez no podía quedarme sin hacer nada, aunque no es ético, solo por esa vez el carnet de Diario de Los Andes debía servir para ir más allá de tirar el flash y plasmar una crítica. “¿Cómo es posible que ustedes no le den prioridad a este señor de avanzada edad, discapacitado y que tiene varios días en espera para cobrar la pensión en esa posición?”, le solté a la subgerente del banco, mientras le mostraba la foto que había tomado sin ánimos de ser grosera, aunque ganas no me faltaban. “Nadie nos había informado de eso”, fue la respuesta que recibí, además de corroborar que en efecto sólo tienen capacidad para atender a un número limitado de pensionados.

Finalmente logré que lo levantaran del suelo y le dieran prioridad, ante la mirada suplicante de los otros ancianos que esperaban que pudiera multiplicar “el milagro” para todos, y aunque éstos últimos se mantenían en pie, no estaban exentos de haber pasado la noche en el lugar. Me retiré del sitio segura de que en esa fila de miradas tristes y divagantes que aflora largas horas de espera, además de extrañar el país que alguna vez conocieron, se preguntan en qué momento la vida en Venezuela se volvió una condena.