Opinión

Cuando llegue El Niño, que no nos encuentre sin semilla, sin luz y sin crédito

Por Yoni Toro Gelvis

Quien ha sembrado en los Andes sabe que el cielo no avisa dos veces. Por eso leí con atención, y con preocupación, la alerta que la Sociedad Venezolana de Ingenieros Agrónomos y Afines lanzó el 5 de octubre: las proyecciones de la NOAA dan más de 90% de probabilidad de un fenómeno de El Niño muy fuerte entre 2026 y 2027. Calor, sequía y siembras en riesgo. Arroz, caraota, ajonjolí y girasol, los primeros de la lista.

El mismo día, el ministro de Agricultura, Vladimir Padrino López, anunció un plan con el Ministerio de Comercio para vigilar los precios de los agroinsumos. Habrá precios internacionales de referencia cada semana, un directorio de distribuidores e inspecciones «comercio por comercio» en Guárico y Portuguesa. El ministro dijo que quiere que la agricultura sea «rentable para quien produce». Comparto el objetivo. Dudo del método.

Escribo esto como economista, pero también como productor. Llevo años trabajando en un proyecto agropecuario en Trujillo, con plátano, cambur y cerdos, y conozco la cuenta que hace cualquier productor antes de sembrar: cuánto cuesta la semilla, cuánto el fertilizante, cuánto el gasoil, cuántas horas de luz tendrá la bomba de riego y quién comprará la cosecha. Cuando una de esas variables falla, la siembra no se hace. Y cuando falla el clima, la que se hizo se pierde.

Un inspector en la puerta del agroservicio no resuelve ninguna de esas variables. La historia venezolana de controles de precios lo demuestra: cuando se fiscaliza el precio sin aumentar la oferta, el producto desaparece del anaquel y aparece en el mercado negro, más caro. Publicar precios internacionales de referencia sí es útil. Pero es solo la mitad de la tarea.

Propongo un plan de contingencia climática para el campo con cuatro piezas medibles. Primera, un seguro agrícola paramétrico, que pague automáticamente cuando la lluvia en una zona cae por debajo de un umbral, sin peritos ni papeleo. Segunda, una línea de crédito de emergencia para riego eficiente y semillas de ciclo corto, con plazos de gracia que coincidan con la cosecha. Tercera, prioridad eléctrica para las bombas de riego y las cavas de frío en las zonas productoras durante el racionamiento. Cuarta, un boletín agroclimático semanal por municipio, elaborado con las universidades, como el NURR en Trujillo y la ULA en Mérida.

Quiero subrayar la tercera pieza, porque es la que más dinero se pierde sin que nadie la contabilice. Una bomba de riego que se apaga cinco horas en plena sequía no espera al día siguiente: la planta sufre ese mismo día. Una cava de frío sin luz convierte en desecho una carga de hortalizas o de carne en pocas horas. Si el racionamiento es inevitable, que al menos se organice con criterio económico, protegiendo primero lo que produce comida. Eso no cuesta divisas; cuesta planificación y voluntad.

Nada de esto es imposible. Colombia y Perú tienen seguros climáticos para pequeños productores. Lo que falta en Venezuela es decidir que el campo es una prioridad económica y no solo un discurso. Con la inflación de los alimentos en niveles de tres dígitos, cada cosecha perdida se paga en la mesa de las familias más pobres.

El Niño llegará, con o sin plan. La diferencia es si nos encuentra preparados o improvisando. A los productores trujillanos y andinos les digo: planifiquen con prudencia, siembren lo que el agua permita y organícense para exigir lo que corresponde.

¿Qué necesita tu finca o tu cooperativa para resistir un año seco? Te leo en los comentarios.

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