Apagar el incendio de la inflación con dólares: pan para hoy y hambre para mañana
Por Yoni Toro Gelvis
Hay una imagen que todo economista venezolano conoce: la del bombero que apaga el fuego con el agua del tanque que alimenta la casa. Funciona unas horas. Después, la casa se queda sin agua y el fuego vuelve. Eso es lo que está haciendo hoy el Banco Central de Venezuela con la inflación.
Los números de la semana lo dicen sin adornos. El BCV informó que la inflación de septiembre fue de 8,4%, la más baja en meses. Pero mis colegas Hermes Pérez y José Guerra pusieron el dedo en la llaga: esa desaceleración se compró vendiendo dólares. Según los cálculos citados por Infobae, más de 13.000 millones. Guerra lo resume en una cifra que debería quitarnos el sueño: el costo equivale al 65% del ingreso petrolero. Y Pérez advierte que la liquidez creció 230% en nueve meses.
Traducido al lenguaje de la calle: el Gobierno imprime bolívares con una mano y con la otra vende dólares para que esos bolívares no se conviertan en una estampida cambiaria. Es una carrera que se pierde siempre, porque los bolívares se pueden imprimir sin límite y los dólares no. Para colmo, el petróleo que financia esa carrera bajó esta semana: el WTI cerró el lunes en 89,43 dólares tras la liberación de reservas del G7. Si el precio sigue cayendo, el ancla se queda sin cadena.
Con mis profesores de política fiscal y política monetaria en la Universidad de Los Andes, aprendí que el déficit no se esconde: se financia o se corrige. Y como especialista IESA en tributaria sé que la recaudación récord del SENIAT no sustituye a la disciplina en el gasto, porque cuando el Estado cobra más impuestos en bolívares pero sigue emitiendo dinero, el contribuyente paga dos veces: en el tributo y en la inflación.
Propongo tres medidas concretas y verificables. Primera, que el BCV publique cada semana el monto exacto de divisas vendidas a la banca y su origen. Si se gasta el dinero del petróleo, el país tiene derecho a saber cuánto. Segunda, una meta pública de crecimiento de la liquidez monetaria, trimestre a trimestre, con un informe de cumplimiento ante la Asamblea Nacional. Tercera, que una parte fija de los ingresos petroleros, por ejemplo una de cada cinco divisas, vaya a un fondo de estabilización auditado, y no a la mesa cambiaria del día.
Sé que alguien dirá que publicar las ventas de divisas alimenta la especulación. Es al revés. La especulación vive de la opacidad: cuando nadie sabe cuántos dólares quedan, todos corren a comprarlos por si acaso. Un banco central que informa con regularidad reduce el pánico, porque el mercado deja de adivinar. Lo mismo ocurre con la liquidez: si la meta es pública, cada emisión fuera de lo previsto se convierte en una noticia y en una explicación obligada, no en un secreto que se descubre meses después en el precio del pan.
Ninguna de estas medidas es exótica. Son las que aplicaron Colombia, Perú o Chile cuando dejaron atrás la inflación crónica. La diferencia está en la transparencia y en la voluntad de dejar de gastar lo que no se tiene.
Bajar la inflación es una buena noticia, pero no podemos confundir el alivio con la cura. Si dentro de seis meses el petróleo baja y las reservas no alcanzan, volveremos al punto de partida, con menos dólares y la misma desconfianza. La estabilidad de verdad llegará cuando el bolívar valga porque hay producción detrás, no porque el BCV lo sostenga con el dinero de todos.
¿Crees que la caída de la inflación es duradera o solo un respiro comprado con dólares petroleros? Te leo en los comentarios.
