Categoría: Opinión

Columnas propias e invitadas, análisis en primera persona

  • Vuelve Macero, no vuelve Machado: la prueba que la mesa sigue esquivando

    El 27 y 28 de septiembre, simpatizantes de María Corina Machado —convocados por el Comando ConVzla— realizaron caravanas de motocicletas en varios estados de Venezuela exigiendo dos cosas concretas: el regreso seguro de Machado al país, y un cronograma electoral verificable con miras a una presidencial en 2027. El mismo fin de semana regresó a Venezuela Claudia Macero, coordinadora de comunicaciones de Vente Venezuela y colaboradora directa de Machado, en lo que varios medios leyeron como una posible señal previa al regreso de la propia líder opositora. Macero fue clara: dijo desconocer la fecha en que Machado volverá. Hasta el cierre de esta nota, ni Machado ni el gobierno interino han anunciado condición ni fecha alguna para ese regreso.

    Esta no es la primera vez que se promete ese regreso sin que se cumpla. El 1 de marzo de 2026, Machado ya había anunciado que volvería a Venezuela «en pocas semanas». Han pasado casi siete meses. La promesa sigue sin materializarse, y esta última semana —con caravanas en la calle pidiendo exactamente lo mismo que se prometió entonces— es la prueba más clara de que «pocas semanas» se convirtió, en la práctica, en un plazo sin fecha real.

    Este es, exactamente, el segundo reclamo que planteamos en el primer artículo de esta serie: el regreso de María Corina Machado a la vida política venezolana. Y la semana lo confirma con una claridad incómoda. Mientras la mesa de diálogo discute la renovación del Tribunal Supremo de Justicia, el desbloqueo de medios y —a cuentagotas— la liberación de presos políticos, el regreso de la dirigente con más respaldo electoral comprobado del país sigue sin figurar en ninguna agenda oficial. Ni en la de Miraflores. Ni en la de los negociadores.

    Marco Rubio mencionó, en su intervención ante la ONU, el «retorno seguro de dirigentes y exiliados» como una de las condiciones para unas elecciones libres. Es una condición correcta. Pero mencionarla en un discurso en Nueva York no es lo mismo que ponerla, con garantías concretas, sobre la mesa de negociación en Caracas. El regreso de Claudia Macero, sin el de Machado, puede leerse de dos maneras: como un globo de ensayo que mide la reacción antes del paso definitivo, o como otra forma —más sutil, pero igual de efectiva— de dilación.

    Este medio lo dice sin rodeos: la tercera ronda de octubre no estará completa si no incluye, de forma explícita, garantías de retorno seguro para los dirigentes exiliados, exactamente como ocurrió con los presos políticos en la segunda ronda —dejados fuera del temario hasta que la presión pública los metió por la fuerza. La calle ya pidió lo que la mesa todavía no discute. Falta que alguien, en esa mesa, escuche.

  • Veinte de trescientos cuarenta y cuatro: la aritmética de una dilación anunciada

    El segundo ciclo de diálogo entre el gobierno y la oposición venezolana, mediado por Estados Unidos, cerró el 25 de septiembre con acuerdos parciales: un comité de credenciales para renovar el Tribunal Supremo de Justicia, el desbloqueo de 18 dominios web —de al menos 177 que siguen inaccesibles—, y compromisos sobre espectro radioeléctrico y libertad de prensa. Dos días después, Foro Penal confirmó la excarcelación de 20 presos políticos, mientras el propio organismo había documentado 344 detenidos por motivos políticos apenas dos semanas antes. El ministro Diosdado Cabello había advertido que el tema de los presos «no estaba en la agenda» de la negociación. Jorge Rodríguez anunció que la tercera ronda será «a mediados de octubre», sin precisar fecha.

    El mismo patrón se repitió, casi en espejo, en Nueva York: Delcy Rodríguez le dijo a la ONU que «en Venezuela habrá elecciones», pero rehusó comprometerse con una fecha, apelando a que «el pueblo decidirá el momento». Marco Rubio, ese mismo día, condicionó las elecciones libres a la reconstrucción institucional, el acceso equitativo a medios, autoridades electorales creíbles, estabilidad económica y el retorno seguro de dirigentes y exiliados. Ni Miraflores ni Washington pusieron fecha. Ambos hablan de condiciones, de procesos, de «el momento oportuno» —el idioma universal de quien prefiere no comprometerse.

    Esto es exactamente lo que este medio advirtió en el primer número de esta serie: la tercera ronda no puede ser otra dilación. Y sin embargo, todo lo ocurrido en las últimas dos semanas apunta en esa dirección. Gestos dosificados, reversibles, seleccionados por su valor de imagen —los presos de mayor perfil internacional, los dominios menos sensibles— sustituyen, una vez más, al compromiso de fondo. Veinte de trescientos cuarenta y cuatro no es una transición. Es una demostración de capacidad: el gobierno puede liberar a quien quiera, cuando quiera, en la dosis que decida. Eso no es apertura. Es control con maquillaje de apertura.

    La pregunta que dejamos planteada para octubre es la misma que planteamos en septiembre, ahora con más urgencia: ¿producirá la tercera ronda, por fin, un cronograma electoral con fecha verificable? O será, como las dos anteriores, una ronda más que se mide en dominios desbloqueados y presos liberados uno por uno, mientras la pregunta que de verdad importa —cuándo vota Venezuela— sigue sin respuesta.

  • El puente que no se corta: los venezolanos de España, tres meses después del terremoto

    El 24 de junio, Venezuela sufrió el mayor terremoto en más de un siglo: un sismo doble que dañó severamente Caracas, La Guaira y Catia La Mar, con cientos de fallecidos reportados y millones de personas potencialmente afectadas. Tres meses después, mientras la noticia ya dejó de ser noticia en los titulares internacionales, venezolanos radicados en España —a través de organizaciones como Refugiados Sin Fronteras, ADN Venezuela y Red Barcelona Venezuela— siguen sosteniendo las estructuras de voluntariado, logística y distribución de ayuda que armaron en plena emergencia.

    «Construimos una operación logística. Convocamos voluntarios, conseguimos almacenes, buscamos transporte», cuenta Sergio Contreras, presidente de Refugiados Sin Fronteras. Laura Sánchez León, de ADN Venezuela, describe a los migrantes como «puente entre el país que nos recibió y el país del que venimos». No hay en esas frases ni una gota de la retórica habitual sobre el exilio como pérdida, como ausencia, como duelo permanente. Hay, en cambio, una infraestructura viva: personas que ya no habitan la tierra que tembló, sosteniendo, desde lejos, a quienes sí la habitan todavía.

    Escribo esto desde Madrid, la misma ciudad donde Contreras y tantos otros venezolanos sostienen este puente. Y me atrevo a decir que ahí, en esa red que no ha dejado de trabajar tres meses después de que el mundo dejó de mirar, está la verdadera respuesta a la pregunta que nos hacen tantas veces: ¿qué le queda a un país cuando una parte de su gente ya no vive en él? Le queda esto. Le queda un puente que la tierra no puede romper porque no está hecho de tierra. Está hecho de la memoria de quienes se fueron y decidieron, contra toda lógica de la distancia, no soltar la mano de quienes se quedaron.

    El exilio, cuando se organiza, deja de ser ausencia. Se vuelve responsabilidad.

  • Cuatro cuerdas para sostener una patria

    El 19 de septiembre, en Barquisimeto, el cuatro venezolano fue declarado Embajador Cultural de Venezuela. La ceremonia se hizo en el monumento La Flor de Venezuela, con más de cuarenta niños cuatristas del Sistema de Orquestas tocando joropo, pajarillo, vals llanero, frente a un país que lleva años aprendiendo a nombrar su identidad desde la distancia. El cuatro ya era, desde 2024, Patrimonio Cultural de la Nación. Ahora se proyecta hacia afuera, como si el propio Estado hubiera entendido, tarde pero al fin, que la patria que mejor viaja no es la que se declama en discursos: es la que cabe en una maleta.

    Y el cuatro cabe. Siempre ha cabido. Lo cargaron los arrieros cruzando los Andes hacia Trujillo, lo cargaron los músicos de pueblo que nunca grabaron un disco, y lo cargan hoy, sin decirlo casi nadie, los venezolanos que salen del país con lo que pueden llevar en las manos. No es un instrumento solista. Nunca lo fue. Su función es acompañar, sostener el ritmo, dar la base sobre la que otro instrumento —o otra voz— puede lucirse. Y quizás ahí está la metáfora exacta de lo que somos los venezolanos de la diáspora: el acompañamiento que sostiene, sin pedir el centro del escenario, una identidad que se sigue tocando aunque el escenario ya no sea el de casa.

    Que un instrumento de cuatro cuerdas, del tamaño de un niño, se convierta en símbolo oficial de un país fracturado por el éxodo más grande de la historia reciente del continente, no es una anécdota folclórica. Es una confesión involuntaria: sabemos que lo que nos define ya no vive solo dentro de nuestras fronteras. Vive en las manos de quienes lo siguen tocando —o lo siguen enseñando a tocar— en cualquier lugar del mundo donde haya un venezolano y una madera con cuatro cuerdas.

    Ojalá el Estado que declaró embajador al cuatro entienda, algún día, que también debería declarar embajadores —con los mismos derechos, la misma dignidad, el mismo derecho al regreso— a quienes lo cargan.

  • El Puente a la Libertad — La tercera ronda no puede ser otra dilación

    El chavismo y la oposición venezolana confirmaron esta semana que se sentarán a una tercera ronda de diálogo en octubre, después de dos ciclos de conversaciones que dejaron acuerdos sobre papel y avances a cuentagotas en la práctica. La pregunta que debe hacerse cualquier venezolano antes de celebrar es simple: ¿esto acerca una fecha electoral concreta, o es una nueva forma de ganar tiempo?

    Los hechos, ordenados. Desde que Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro en enero y la Vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina por decisión del Tribunal Supremo de Justicia, el gobierno de facto ha alternado gestos de apertura con freno de mano. Se liberaron 112 presos políticos en enero y se firmó una ley de amnistía en febrero — pero ese mismo mes, alrededor de 214 reclusos de El Rodeo I tuvieron que declararse en huelga de hambre para exigir que esa ley se aplicara de verdad. Un gesto no es una garantía; es apenas el comienzo de una obligación.

    En la segunda ronda de diálogo, celebrada en septiembre, el gobierno y la delegación opositora — liderada por Dinorah Figuera, con Jorge Rodríguez como negociador oficialista — acordaron revisar las credenciales del TSJ mediante un comité de juristas y ampliar el acceso a internet. El resultado concreto: apenas 18 dominios desbloqueados de un total que sigue teniendo 177 páginas bloqueadas, 72 de ellas medios de comunicación. Que un medio digital como este nazca hoy, en un país donde 72 portales de noticias siguen sin poder abrirse libremente, no es una anécdota: es la medida exacta de cuánto falta.

    Washington ha dejado clara su posición a través del Secretario de Estado Marco Rubio: una república duradera exige reconstrucción institucional antes de ir a elecciones, no una fecha lanzada al aire para calmar la calle. Es una condición razonable — pero también puede convertirse en la excusa perfecta para posponer indefinidamente lo único que de verdad legitima una transición: el voto.

    Por eso la tercera ronda de octubre no puede repetir el guion de las dos anteriores: acuerdos generales, cronograma difuso y cero fecha. Lo mínimo exigible es un calendario electoral verificable, con observación internacional, y condiciones reales de participación — lo que incluye, sin rodeos, el regreso al ruedo político de María Corina Machado, ausente mientras se negocia su propio país. Cualquier mesa de diálogo que no ponga esos dos puntos en la agenda del próximo ciclo no está construyendo una transición: está administrando la permanencia del poder con otro nombre.

    En Gente Activa News vamos a seguir esta mesa ronda por ronda, con los mismos criterios con los que se audita cualquier proceso público: qué se prometió, qué se cumplió y quién responde por la diferencia. Esa es la vía institucional que defendemos — no como consigna, sino como estándar de medición.

    ¿Crees que la ronda de octubre traerá una fecha electoral real, o es una dilación más? Déjanoslo en los comentarios.

    Por Yoni Toro Gelvis