El 19 de septiembre, en Barquisimeto, el cuatro venezolano fue declarado Embajador Cultural de Venezuela. La ceremonia se hizo en el monumento La Flor de Venezuela, con más de cuarenta niños cuatristas del Sistema de Orquestas tocando joropo, pajarillo, vals llanero, frente a un país que lleva años aprendiendo a nombrar su identidad desde la distancia. El cuatro ya era, desde 2024, Patrimonio Cultural de la Nación. Ahora se proyecta hacia afuera, como si el propio Estado hubiera entendido, tarde pero al fin, que la patria que mejor viaja no es la que se declama en discursos: es la que cabe en una maleta.
Y el cuatro cabe. Siempre ha cabido. Lo cargaron los arrieros cruzando los Andes hacia Trujillo, lo cargaron los músicos de pueblo que nunca grabaron un disco, y lo cargan hoy, sin decirlo casi nadie, los venezolanos que salen del país con lo que pueden llevar en las manos. No es un instrumento solista. Nunca lo fue. Su función es acompañar, sostener el ritmo, dar la base sobre la que otro instrumento —o otra voz— puede lucirse. Y quizás ahí está la metáfora exacta de lo que somos los venezolanos de la diáspora: el acompañamiento que sostiene, sin pedir el centro del escenario, una identidad que se sigue tocando aunque el escenario ya no sea el de casa.
Que un instrumento de cuatro cuerdas, del tamaño de un niño, se convierta en símbolo oficial de un país fracturado por el éxodo más grande de la historia reciente del continente, no es una anécdota folclórica. Es una confesión involuntaria: sabemos que lo que nos define ya no vive solo dentro de nuestras fronteras. Vive en las manos de quienes lo siguen tocando —o lo siguen enseñando a tocar— en cualquier lugar del mundo donde haya un venezolano y una madera con cuatro cuerdas.
Ojalá el Estado que declaró embajador al cuatro entienda, algún día, que también debería declarar embajadores —con los mismos derechos, la misma dignidad, el mismo derecho al regreso— a quienes lo cargan.
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