El 24 de junio, Venezuela sufrió el mayor terremoto en más de un siglo: un sismo doble que dañó severamente Caracas, La Guaira y Catia La Mar, con cientos de fallecidos reportados y millones de personas potencialmente afectadas. Tres meses después, mientras la noticia ya dejó de ser noticia en los titulares internacionales, venezolanos radicados en España —a través de organizaciones como Refugiados Sin Fronteras, ADN Venezuela y Red Barcelona Venezuela— siguen sosteniendo las estructuras de voluntariado, logística y distribución de ayuda que armaron en plena emergencia.
«Construimos una operación logística. Convocamos voluntarios, conseguimos almacenes, buscamos transporte», cuenta Sergio Contreras, presidente de Refugiados Sin Fronteras. Laura Sánchez León, de ADN Venezuela, describe a los migrantes como «puente entre el país que nos recibió y el país del que venimos». No hay en esas frases ni una gota de la retórica habitual sobre el exilio como pérdida, como ausencia, como duelo permanente. Hay, en cambio, una infraestructura viva: personas que ya no habitan la tierra que tembló, sosteniendo, desde lejos, a quienes sí la habitan todavía.
Escribo esto desde Madrid, la misma ciudad donde Contreras y tantos otros venezolanos sostienen este puente. Y me atrevo a decir que ahí, en esa red que no ha dejado de trabajar tres meses después de que el mundo dejó de mirar, está la verdadera respuesta a la pregunta que nos hacen tantas veces: ¿qué le queda a un país cuando una parte de su gente ya no vive en él? Le queda esto. Le queda un puente que la tierra no puede romper porque no está hecho de tierra. Está hecho de la memoria de quienes se fueron y decidieron, contra toda lógica de la distancia, no soltar la mano de quienes se quedaron.
El exilio, cuando se organiza, deja de ser ausencia. Se vuelve responsabilidad.
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