El segundo ciclo de diálogo entre el gobierno y la oposición venezolana, mediado por Estados Unidos, cerró el 25 de septiembre con acuerdos parciales: un comité de credenciales para renovar el Tribunal Supremo de Justicia, el desbloqueo de 18 dominios web —de al menos 177 que siguen inaccesibles—, y compromisos sobre espectro radioeléctrico y libertad de prensa. Dos días después, Foro Penal confirmó la excarcelación de 20 presos políticos, mientras el propio organismo había documentado 344 detenidos por motivos políticos apenas dos semanas antes. El ministro Diosdado Cabello había advertido que el tema de los presos «no estaba en la agenda» de la negociación. Jorge Rodríguez anunció que la tercera ronda será «a mediados de octubre», sin precisar fecha.
El mismo patrón se repitió, casi en espejo, en Nueva York: Delcy Rodríguez le dijo a la ONU que «en Venezuela habrá elecciones», pero rehusó comprometerse con una fecha, apelando a que «el pueblo decidirá el momento». Marco Rubio, ese mismo día, condicionó las elecciones libres a la reconstrucción institucional, el acceso equitativo a medios, autoridades electorales creíbles, estabilidad económica y el retorno seguro de dirigentes y exiliados. Ni Miraflores ni Washington pusieron fecha. Ambos hablan de condiciones, de procesos, de «el momento oportuno» —el idioma universal de quien prefiere no comprometerse.
Esto es exactamente lo que este medio advirtió en el primer número de esta serie: la tercera ronda no puede ser otra dilación. Y sin embargo, todo lo ocurrido en las últimas dos semanas apunta en esa dirección. Gestos dosificados, reversibles, seleccionados por su valor de imagen —los presos de mayor perfil internacional, los dominios menos sensibles— sustituyen, una vez más, al compromiso de fondo. Veinte de trescientos cuarenta y cuatro no es una transición. Es una demostración de capacidad: el gobierno puede liberar a quien quiera, cuando quiera, en la dosis que decida. Eso no es apertura. Es control con maquillaje de apertura.
La pregunta que dejamos planteada para octubre es la misma que planteamos en septiembre, ahora con más urgencia: ¿producirá la tercera ronda, por fin, un cronograma electoral con fecha verificable? O será, como las dos anteriores, una ronda más que se mide en dominios desbloqueados y presos liberados uno por uno, mientras la pregunta que de verdad importa —cuándo vota Venezuela— sigue sin respuesta.
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