El Puente a la Libertad

El Puente a la Libertad — Cuando la protesta por la luz se convierte en protesta por el voto

Por Yoni Toro Gelvis

Durante años nos dijeron que las protestas por servicios públicos no eran políticas. Que la señora que quema un caucho porque lleva quince horas sin luz no está pensando en el CNE, sino en su nevera. Esta semana, los venezolanos demostraron que esa frontera ya no existe.

El 30 de septiembre se registraron al menos 20 protestas en siete estados, unas diez de ellas solo en Carabobo, según El Pitazo. Los vecinos pasaron del cacerolazo a la toma de sedes de Corpoelec y de alcaldías. En El Pilar, estado Sucre, denuncian cortes de quince horas al día. En Acarigua, el racionamiento pasó de tres a doce horas diarias en cuatro meses. La respuesta oficial fue citar a cuatro personas y amenazar con dejar sin prioridad eléctrica a las comunidades que protestan.

En La Cañada de Urdaneta, en el Zulia, la Guardia Nacional lanzó bombas lacrimógenas contra los manifestantes. Un vecino lo gritó en medio del humo: «Hermano, hay niños y ustedes están tirando bombas lacrimógenas». Esa frase resume mejor que cualquier informe la relación entre un Estado que no da luz y un ciudadano que ya no se calla.

Lo más significativo ocurrió en San Rafael del Piñal, en el Táchira, y en San Mateo, en Aragua. Allí los manifestantes exigieron tres cosas a la vez: el fin del racionamiento eléctrico, un cronograma electoral y el regreso de María Corina Machado. Incluso pidieron al presidente Trump que «acelere» su respuesta más allá del petróleo. Es la misma gente, en la misma calle y con la misma pancarta. La luz y el voto se volvieron una sola demanda.

En Monagas, dieciséis organizaciones agrupadas en las Fuerzas Unitarias Monaguenses, entre ellas Ciudades Ocultas y Alianza Bravo Pueblo, anunciaron trabajo casa por casa en las comunidades para exigir calendario electoral y libertad de los presos políticos. Roicis Pérez lo explicó con precisión: los acuerdos del diálogo «no están orientados a satisfacer la exigencia de un país que quiere votar en una fecha cierta».

Esto es resistencia civil no violenta en su forma más pura. Es organización de base, presión pacífica sostenida y demandas concretas que conectan la vida cotidiana con el poder político. He estudiado y promovido estos movimientos durante años, y sé que su fuerza no está en el tamaño de una marcha, sino en su persistencia y en su capacidad de articular. Un cacerolazo aislado se apaga. Una red de comunidades organizadas que entiende que la luz depende de quién gobierna es imparable.

El reto ahora es no dejar que esa energía se disperse. Las organizaciones democráticas deben convertir la indignación por los apagones en estructura: comités vecinales que registren los cortes, redes que documenten los abusos y vocerías locales que lleven estas demandas a la mesa de diálogo. La tercera ronda de octubre no puede ignorar lo que dicen las calles de Carabobo, Táchira, Aragua y Monagas.

La gente ya entendió que no habrá luz sin democracia. Ahora toca que la mesa lo entienda también.

¿En tu comunidad las protestas por los servicios ya incluyen la exigencia de elecciones? Te leo en los comentarios.

Fuentes: El Pitazo (1 y 2-oct-2026); El Nacional (1-oct-2026); Infobae (30-sep-2026).

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