Opinión

Cuatro de cada diez bolívares en el banco ya son dólares: hay que ordenarlo

Por Yoni Toro Gelvis

El lunes, Banca y Negocios publicó un dato que dice más de la economía venezolana que muchos discursos: al cierre de septiembre, los depósitos en divisas de la banca sumaban el equivalente a 2.660 millones de dólares y representaban el 40,59% de todos los depósitos del sistema. Cuatro de cada diez bolívares que hay en los bancos ya no son bolívares. Y la cifra sube cada mes.

Como economista de la Universidad de Los Andes, leo ese número como una votación silenciosa. Nadie convocó a los venezolanos a elegir moneda, pero lo hicieron con sus ahorros. El bolívar sigue siendo el medio de pago de los salarios, del Sistema Patria y de los impuestos, pero dejó hace años de ser una reserva de valor. Con una inflación interanual que Ecoanalítica proyectaba en torno al 380% para octubre, nadie en su sano juicio ahorra en la moneda que pierde valor cada semana.

La dolarización de los depósitos no es en sí misma una mala noticia. Que la gente guarde sus dólares en un banco, y no debajo del colchón, revela una confianza que hace cinco años no existía. El crecimiento tiene una explicación: el Banco Central vende más de 1.000 millones de dólares al mes desde marzo, según el mismo medio.

El problema está en lo que no ocurre. Esos dólares están quietos. El crédito sigue siendo mínimo y está concentrado: cinco bancos manejan cerca de siete de cada diez dólares de las cuentas de libre convertibilidad. Un productor de plátano en el Sur del Lago, un transportista en Valera o una pequeña empresa de Boconó difícilmente consiguen un préstamo en divisas a un plazo razonable. El ahorro existe, pero no llega a quien produce.

Por eso propongo cinco medidas concretas y medibles.

Primera: un marco claro para el crédito en divisas, publicado por la Superintendencia de Bancos, con reglas de encaje, plazos y tasas transparentes, y con la meta de que la cartera de crédito en divisas crezca cada trimestre de forma verificable.

Segunda: una garantía pública de los depósitos en divisas, a través de Fogade, con un tope por ahorrista. La confianza es el activo más escaso del sistema financiero venezolano, y una garantía explícita la multiplica.

Tercera: una línea de crédito productivo en divisas para el agro, el transporte y la pequeña industria, con fondos del ingreso petrolero extraordinario y metas públicas de desembolso por estado, empezando por los andinos.

Cuarta: la publicación mensual, por parte del Banco Central, de las cifras de depósitos, crédito y morosidad en divisas por banco y por sector, para que cualquiera pueda comprobar si el ahorro se convierte en inversión.

Quinta: una hoja de ruta para la recuperación del salario en bolívares, con un componente indexado a la tasa oficial, para que el trabajador no tenga que cambiar su sueldo el mismo día que lo cobra.

Escribo desde Madrid, donde un trabajador abre una cuenta, pide una hipoteca a treinta años y planifica su vida en una moneda estable. Esa normalidad parece un lujo vista desde Venezuela, pero es lo mínimo que una economía sana ofrece a su gente. No hace falta inventar nada: basta con ordenar la realidad que los venezolanos ya construyeron con sus propias manos.

La dolarización de hecho llegó para quedarse, al menos por un tiempo. Podemos dejar que siga siendo un refugio desordenado, o convertirla en una herramienta para producir. La diferencia la marcan las reglas.

¿En qué moneda ahorras tú, y qué necesitarías para pedir un crédito y producir en Venezuela? Te leo en los comentarios.

Fuentes: Banca y Negocios (26-oct-2026); Finanzas Digital (22 y 23-oct-2026, Ecoanalítica).

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